La Sala La Carátula y la Escuela de Danza
Primeras vivencias de teatro y danza
Crecer entre bastidores, barras y focos
Antes de que Héctor pise un escenario como intérprete, su educación sentimental en las artes escénicas ocurre de la manera más natural posible: simplemente estando ahí. Desde que tiene uso de razón, su vida cotidiana se reparte entre dos espacios que para cualquier otro niño de Elche habrían sido extraordinarios y que para él son, sencillamente, la casa de sus padres extendida.
El primero es la Escuela de Danza Pilar Sánchez, fundada por su madre en 1963 en la calle Olivereta y trasladada en 1971 a la plaza de las Flores. Héctor crece rodeado de clases de danza clásica y danza española: el piano del repetidor marcando los ejercicios de barra, el golpe rítmico de las castañuelas en los ensayos de escuela bolera, las alumnas calentando en el pasillo mientras él hace los deberes en un rincón. No es que tome clases formales a esa edad — es que la danza forma parte del ruido de fondo de su infancia, como para otros niños lo es la televisión. El cuerpo en movimiento, la música como estructura del gesto, la disciplina del ensayo: todo eso entra por ósmosis antes de que nadie se lo enseñe de manera deliberada.
El segundo espacio es la Sala La Carátula, el pequeño teatro que su padre Antonio González Beltrán gestiona en el Raval de Elche, uno de los barrios históricos de la ciudad. La sala es la sede de la compañía La Carátula, fundada en 1964, y funciona como espacio de ensayo, almacén de atrezzo y sala de representaciones. Para el Héctor niño, la sala es un territorio de penumbras, focos y objetos misteriosos. Mientras su tío Nazario González Beltrán sube y baja varas de iluminación y prueba ángulos de luz para el próximo estreno, Héctor deambula entre bastidores, se esconde detrás de los telones, toca los títeres que descansan en sus perchas y absorbe sin darse cuenta el lenguaje técnico del teatro: corbata, callejón, proscenio, ciclorama.
La Sala La Carátula no es solo un espacio familiar. Es un nodo activo del teatro independiente español de los años setenta y ochenta, un circuito que conecta compañías de todo el país en salas pequeñas, festivales de bolsillo y giras en furgoneta. Por allí pasan montajes propios y ajenos, funciones de títeres para público infantil, lecturas dramatizadas, recitales. La ficha del estreno de *El verí del teatre* (Rodolf Sirera, 1980) documenta con precisión el ecosistema familiar en acción: Antonio González dirige, Pilar Sánchez firma la coreografía, Nazario González se encarga de la iluminación, Jorge Gavaldá compone la música. Héctor tiene un año. Tardará una década en subir él mismo al escenario, pero cuando lo haga no necesitará que nadie le explique cómo funciona una compañía de teatro — lleva viéndolo desde la cuna.
Esas tardes entre la barra de ballet y la cabina de luces configuran una forma de entender la música que Héctor conservará toda su carrera: la música no existe en abstracto, existe al servicio de un cuerpo, un gesto, una escena. Cuando años más tarde componga para danza, para cine o para teatro, no partirá de la partitura hacia el escenario, sino del escenario hacia la partitura — exactamente como lo vio hacer de niño, sentado en la tercera fila de la Sala La Carátula mientras su padre ajustaba la luz de un monólogo y su madre marcaba un paso de ensayo en la sala de al lado.